POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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QUÉ HORA ES


No sé si será una sensación general, pero me ocurre que, por ejemplo, cuando he viajado a Canarias, a Portugal o al Reino Unido, me he sentido más cómoda con su horario oficial, con una hora menos de desfase con respecto al solar, que cuando he regresado a casa. Me ha parecido que tenía más tiempo para todo, que el día fluía con más naturalidad. Descubrir que nuestro injustificado adelanto horario comparativo arranca de 1942, cuando Franco prefirió mantenernos alineados con Alemania, me deja perpleja y me lleva a preguntarme si no hay nadie que decida deshacer tal desaguisado tantas décadas después. Puedo entender que la misma órbita elíptica de la Tierra alrededor del Sol ya obligue a los científicos a correcciones y a ajustar los relojes y que no marquen exactamente la hora solar, pero añadir más desajuste me parece completamente innecesario; y en cuanto a las motivaciones, ni comentarlas. Nuestras costumbres horarias nada tienen que ver con las de los europeos más próximos y no seré yo quien entre a criticar nuestra realidad, pero sí he constatado que si me adelanto al inicio de los generosos intervalos dados para cosas como el almuerzo o la cena, todo va mejor. Claro que esto sólo es posible en fines de semana y días de descanso, y mientras no se acabe oficialmente con tan artificiosa diferencia, poco más podremos hacer.

No entiendo que los humanos seamos tan poco prácticos como para jorobarnos a nosotros mismos sin aparente obligación de hacerlo. Ante la consiguiente necesidad de estar adelantando y atrasando la hora según las estaciones, son muchos los que no lo llevan nada bien, y por muchas explicaciones que incidan en el ahorro energético y en las ventajas económicas que conlleva tal trasiego, no puedo sino aducir que hay cosas mucho más importantes que el dinero. Y si entre ellas no está el bienestar de quienes conformamos la sociedad, no sé qué superior valor pueden tener los ajustes pretendidamente surgidos para hacernos la vida más fácil, cuando en ocasiones sólo consiguen lo contrario. Es el sol el que marca nuestras costumbres, y eso lo aprendimos todos siendo niños y niñas, cuando nos obligaban a irnos a dormir porque ya era de noche, ignorando nuestro aún no saciado deseo de seguir despiertos un poco más; y cuando teníamos que levantarnos sin gana ninguna, sólo porque ya era de día. En ese continuo ejercicio de ajuste seguimos, pero cuanto más nos alejamos de la hora que marcan los relojes de sol, más asincrónicamente vivimos. Se me hace incomprensible que seamos nosotros quienes hayamos de ajustarnos al sistema, cualquier sistema de cualquier índole, en lugar de que éste se ajuste a nosotros. Hay demasiados elementos generadores de malestar personal que son fáciles de eliminar si hay voluntad, aunque cuando ni ésta nos pertenece, apaga y vámonos. Y eso que sólo bastaría con algo tan elemental como que fuera el sol el que nos dijera qué hora es, y no peregrinas arbitrariedades o absurdos caprichos trasnochados.