POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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LOBO PARA EL HOMBRE


Se acaba el verano y, con sólo evocar sus calenturientos días, no me importa lo más mínimo que llegue el frío a pasar unos meses con nosotros. Más que calor, hemos padecido un fuego invisible, pegajoso y denso, peligroso e indeseable, al que por lo visto vamos a tener que irnos acostumbrando. Si no nos hemos derretido y Baza sigue en pie y con ganas; si los árboles y plantas ya se preparan para los cambios del otoño, mientras las aves siguen revoloteando sobre nuestras cabezas; si la feria ya cuenta en el recuerdo -con ese Cascamorras con lluvia, bajo la feroz determinación de los cielos y las tormentas-... podríamos decir que estamos prestos para un nuevo curso, que aquí se inaugura simbólicamente en cuanto se extinguen los fuegos artificiales que clausuran nuestras fiestas. Vuelta al juego de los ciclos, con los cuerpos más o menos descansados, y las mentes renovadas, o con ese deseo al menos.

En estos meses de descanso he tenido la ocasión de volver a comprobar que no andaba muy desencaminado quien dijo aquello de que el hombre es lobo para el hombre, baste pensar en todo el tema de los refugiados que huyen de la muerte y el modo en que se les recibe en nuestra pacífica sociedad de progreso. De niña, uno de mis miedos más intensos era el que sentía hacia la guerra; un temor que no ha desaparecido del todo, pues el peligro de su realidad está siempre latente. Por eso no me es nada difícil ponerme en el lugar de los millones de personas que huyen desesperadas, desplegando un instinto tan básico como es el de sobrevivir; y no puedo alcanzar a comprender que seamos la excepción entre los seres vivos, y no nos ayudemos ante el peligro. Ninguna especie animal construye fronteras, dispara armas, o devuelve a los suyos a un infierno cuando han conseguido escapar de él. Por eso siento tan vergonzoso que los humanos seamos tan inhumanos con otros humanos, siendo alimañas mucho más dañinas que el lobo.

Con el tiempo no sé qué rasgos se resaltarán de nuestra civilización y cultura actuales, pero dudo mucho que entre ellos destaquen la generosidad, la solidaridad, el darle la mano a quien la necesita sí o sí, y todas esas actitudes que a día de hoy si por algo destacan es por su ausencia. Somos una sociedad egoísta que sólo clama por lo que le perjudica, ignorando lo negativo que pueda ocurrirles a los demás, y olvidando que algún día nosotros mismos podemos ser esos demás. Imaginemos por un momento que somos víctimas de un incendio fatal, y que después de una agónica huida nos están esperando con alambradas, zancadillas, gas lacrimógeno y demás conductas tan hostiles como despreciables e indignas de un ser humano... ¡en qué cabeza cabe algo así, por favor; es demasiado fuerte para asimilarlo mentalmente! No permitamos que el horror nos provoque indiferencia y seamos con los otros como quisiéramos que fueran con nosotros. Es algo tan básico y elemental, como sencillo de llevar a la práctica, ¿no están ustedes de acuerdo?.