POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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BIENESTAR CIUDADANO


A veces la vida echa a perder algunas cosas, como esa mayonesa que se corta y no hay manera de arreglar, y te estropea tu propia existencia, sin demasiadas posibilidades de enderezar el estropicio, aunque parece ser que lo único definitivo es la muerte. ¡Pero cómo engañarnos, cuando hay tantas cosas inamovibles aun en vida! De cualquier manera, los seres humanos somos fuertes y estamos preparados para mucho más de lo que a priori podamos siquiera imaginar. Y cuando llega el auténtico dolor, las penas nuestras de cada día se relativizan de inmediato, quedando sólo en pie el verdadero sufrimiento. En medio de todo este terremoto emocional, qué difícil entender algunas cuestiones que pueden parecer nimias, pero que a la postre producen felicidad o malestar vital, tan evitable éste que se te hace innecesario e incomprensible a pesar de todos tus esfuerzos por darle un sentido.

Por mucho que una se mueva entre coordenadas teóricas, la vida despliega su esencia a base de detalles absolutamente prácticos, que son tan sencillos de realizar que sólo la total carencia de sensibilidad para con los demás puede explicar que los que tienen en su mano la posibilidad de llevarlos a cabo no los hagan realidad. La vida es mucho más simple de lo que nos empeñamos o se empeñan, y hay algo tan poderoso como la política para derribar obstáculos y hacer felices a los demás. Claro que para ello hace falta que se dediquen a ella personas sensibles que busquen algo más que su propio bienestar. Ese es el problema de los políticos actuales, el mismo que ha llevado a que entre ellos y sus representados exista un abismo cada vez mayor: que para nada piensan en los otros (si acaso, en sus votos y apaga), algo imperdonable y fatal para quienes han sido puestos ahí precisamente por esos otros.

Lo tengo muy claro: la gente no pide utopías ni nada irrealizable. Tampoco está pendiente de las grandes obras (ya se acabó el tiempo de los nuevos faraones y sus dementes sueños de permanencia a través de la historia). La ciudadanía se expresa con claridad, es sólo cuestión de saber escuchar, para lo que no basta con tener un par de orejas o tomar nota para después tirar el listado de demandas al olvido…hasta las próximas elecciones. Un político, al contrario de lo que algunos se creen, será bueno en lo suyo si es buena persona, no si encarna todos los valores que han conducido al país a esta salvaje crisis. Será buen político si entiende, por ejemplo, que la falta de luz en su barrio amarga los últimos años de quienes no comprenden que tengan que salir a oscuras a tirar la basura, cuando al lado tienen un derroche lumínico en avenidas en las que apenas vive nadie; o si llega a vislumbrar que no hay sopladoras de basura que valgan si molestan el descanso de los que no entienden que para limpiar (mal, por cierto) haya que gastar un dinero que sería más provechoso en otras inversiones más urgentes, con lo baratas, y silenciosas, que son las escobas de toda la vida. Pequeños detalles, sírvanme estos dos para ejemplificar de entre todo el amplio catálogo posible, que alegran o amargan la vida de los vecinos de los pueblos y ciudades, por influencia directa de sus gobernantes. No es tan difícil ser un buen político si eres decente y estás receptivo a las demandas de quien te ha puesto ahí. Es tan simple como saber que tú no eres nadie si no eres capaz de dar sencillas respuestas a las elementales peticiones ciudadanas. Buscando su bienestar, no el tuyo propio.