POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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CELESTE


Celeste es un color precioso, pero es también una palabra que nos sirve para referirnos al cielo y al firmamento, por lo cual ocupa un lugar preferente en el diccionario ideal, ese que cada quien va elaborando a base de los vocablos que conforman su cosmos personal, incorporando los términos que le dan un significado a su propia visión de la vida y de los elementos de ella que le son imprescindibles, por esenciales.

Las experiencias de cada persona son como diminutos constructores, imperceptibles creadores de toda la infraestructura en que se apoya el conocimiento. Aun cuando la enseñanza fuera común, ninguno de nosotros y de nosotras aprenderíamos lo mismo. Porque hay una evidente atracción por unos temas y conceptos, tan innegable como el rechazo que nos provocan otros. Así, no es raro después que surja una natural empatía entre personas muy distintas entre sí pero que comparten una enciclopedia vital semejante.

Y en cualquier vocabulario, celeste es una entrada que, aparte de pintar nuestras retinas de etérea serenidad, nos sirve de camino espiritual. Como organismos vivos en cuyo cerebro la creación esculpió el instinto de supervivencia, ninguno de nosotros, seres inteligentes, podemos eludir mirar hacia arriba, por la cuenta que nos trae. Y lo más arriba que yo conozco es el cielo, el mismo que de día enmarca nuestras vivencias al tiempo que nos abraza, y a la noche se transforma en una ventana abierta a un más allá que parece pedirnos que sepamos proyectarnos desde la base firme que nos sirve de observatorio.

Nada ni nadie se interpone entre el cielo y nosotros cuando de sobrevivir se trata. O al menos su influjo, si es negativo, queda muy aminorado. Aparte de que cuanto más elevadas sean las aspiraciones que nos embarguen, mayor alcance tendrá nuestra existencia. Sin embargo, en este infinito celeste, unos nos relacionamos a través de la razón y otros acuden a la oración. Debe ser tranquilizador sentir que un ser todopoderoso vela por nosotros desde su divinidad, aunque a quienes las súplicas y los rezos nos son ajenos no nos queda otra que sentir la inabarcable soledad que habita bajo la bóveda celestial.

Creo que de cualquier manera no están menos solos quienes elevan una plegaria para comunicarse con quien ellos sienten como el creador de la vida. Pero más allá de que nuestras creencias caminen de la mano de la lógica o de la fe, todos en un momento dado nos detendremos para reflexionar la vida, que es casi más importante que vivirla. Y desde allí arriba, como una solícita madre que nunca dejara de preocuparse por y de nosotros, el cielo derramará su luz para aliviarnos si estamos tristes o para compartir nuestra alegría. Nada ni nadie habrá de perturbar esa paz interior que, con independencia de cómo la denominemos, nos inunda de celeste quietud.