Por Lola Fernández.
Miro una foto de mis padres a bordo del ferry que cruza el Guadiana desde Ayamonte a Villarreal de San Antonio, de cuando no existía aún el puente actual, y suena en mi cabeza la copla de Carlos Cano: En las noches de luna y clavel/ De Ayamonte hasta Villarreal/ Sin rumbo por el río, entre suspiros / Una canción viene y va… El barco no es mal modo de entrar en tierras portuguesas, aunque ahora es muy infrecuente y se suele coger la autovía, no sin antes comprar en las gasolineras Galp o en las oficinas de Correos una tarjeta prepago que se asocia a la matrícula y permite los peajes electrónicos sin mayor problema. Si prefieres ir más a tu aire, desde Castro Marim, donde nació la madre de Paco de Lucía y cuyas fiestas medievales en verano son preciosas, hasta Sagres, de rica cerveza, puedes recorrer la costa del Algarve como más te guste, encontrando playas de una belleza inolvidable y ciudades muy diferentes y bonitas; no olvides que el sur portugués es una tierra en la que no caben las prisas, así que mejor adáptate a su cadencia y disfruta del paso del tiempo al ritmo que marcan sus gentes: allí te recomiendo que pruebes una cataplana, y que te llegues hasta el Cabo de San Vicente para ver un atardecer de ensueño. Si prefieres llegarte hasta Lisboa vía el Alentejo, que te recordará a nuestra Extremadura, puedes hacerte una ruta desde Mérida a Évora, donde merece la pena detenerse algún día, porque tiene historia y presente como para sentirte bien y en buena compañía de gente amable; no dejes de acercarte a un lugar megalítico sorprendente: el Cromlech de las Almendras. Cuando ya te dispongas a entrar en Lisboa, por ese extraordinario Puente colgante 25 de abril sobre el río Tajo, olvidarás al cruzarlo todos los tradicionales prejuicios sobre el país luso y podrás entregarte a conocer y gozar de una de las capitales europeas más románticas que puedan existir: allí te esperan el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belem, el Castillo de San Jorge, el Chiado, el Barrio Alto, Alfama, los miradores a los que accedes por cuestas llenas de sorpresas descansando en alguna tasca tradicional, o mejor subir a la parte alta en sus característicos tranvías y moverte en llano desde la Plaza de Rossio hasta la Plaza del Comercio parándote a saborear un pastel o unas croquetas de bacalao en algún lugar de comida rápida. Hay innumerables Lisboa’s, busca y disfruta la que más te guste, y si quieres ir a la próxima parada, Sintra, en tren y no en coche, desde la atractiva Estación de Rossio puedes seguir este viaje.

Sintra es un punto y aparte en el país vecino, sólo has de cuidar la fecha de visita, para no encontrarte allí con saturación de visitantes, piérdete por sus parques y callejuelas sin más, aunque si he de recomendarte algunos lugares atractivos, me quedo con el Palacio Nacional, la Finca de Regaleira, el Parque y Palacio de Pena, el Convento de Capuchinos, y el Parque y Palacio de Monserrate; ah, sin olvidar coger su precioso tranvía y que te lleve entre bosques hasta la Playa de las Manzanas. Desde aquí yo iría hacia el norte, deteniéndome en algunas localidades como Óbidos, ciudad fortificada que parece sacada de un cuento; Nazaré, la de las olas gigantes y sus mujeres a veces aún vestidas al modo tradicional, ofertando quartos familiares; Coimbra, ciudad universitaria que se mira presumida en el río Mondego, consciente de su atractivo; Aveiro, la mal llamada Venecia portuguesa, con sus propios encantos, como su cerámica y sus casas modernistas a orillas de los canales; Oporto, donde desemboca el Duero, capital que compite en belleza y romanticismo con Lisboa, de buenos vinos, donde parece que el tiempo se hubiera detenido; Braga, llamada la Roma de Portugal, sólo por su gran número de iglesias, bonita y llena de jardines… Imposible en un artículo nombrar todo lo que me gustaría, pero es suficiente como pinceladas y pequeños detalles. Desembocaduras de grandes ríos; ciudades cargadas de historia, a veces compartida con España; piedra y bosque; azulejos azules adornando jardines, conventos, escaleras, fachadas, palacios y casas… y un fado sonando en alguna esquina o taberna, acompañada la voz por una guitarra portuguesa, o la viola o el bajo de fado. Por acabar como empezamos, cantando Carlos Cano: ¡Fado! Porque me faltan sus ojos/ ¡Fado! Porque me falta su boca/ ¡Fado! Porque se fue por el río/ ¡Fado! Porque se fue con la sombra…