EL HUERTO DE LAS MARIPOSAS

Desde su aparición en las librerías, la obra El Huerto de las Mariposas, estamos seguros de que supuso para los bastetanos un motivo de orgullo, a la vez que un verdadero hito en la literatura de Baza, ya que se trata de una novela en la que se refleja un amplio abanico de componentes de nuestra ciudad que van, desde el contenido histórico más riguroso, a la vivencia humana más popular, donde la narración se pasea por las calles y asuntos de la vida bastetana de mediados del siglo XX, lo que también nos lleva a pensar en un fuerte componente autobiográfico de su autor, Luis Chacón Ortega, y en la que no pocos bastetanos verán reflejada parte de su propia vida.

En cuanto a Luis decir, en primer lugar, el cariño que desprende cuando se refiere a su novela y, además, aclarar que estamos ante un escritor consumado, si bien, en otro tipo de temas más ligados al mundo del Derecho, como consecuencia del desarrollo de su profesión, en la Administración Local y en la Enseñanza Superior, como Profesor de L'Escola d'Administració Pública de Barcelona y el Instituto Nacional de Administración Pública de Madrid. Así, es autor de obras como Manual de procedimiento y formularios de contratos para la administración local, Catálogo de Términos UrbanísticosLa Administración práctica,  y el Manual de procedimiento y formularios de bienes, derechos y acciones para ayuntamientos, entre otras, habiendo realizado también algunas pequeñas incursiones más literarias, afición que refleja hasta en sus escritos profesionales.

En El Huerto de las Mariposas  nos presenta la vida de un bastetano, con sus peripecias profesionales y sus amoríos, por tierras canarias y catalanas aunque, en el fondo, es un canto a la amistad y al amor y un perfecto homenaje a la profesión de Secretario de Administración Local. Todo ello supone, por tanto, que sean varios los capítulos de la novela los que se desarrollan en Baza, en sus calles y plazas, con sus gentes, con un perfecto retrato de época y con otras muchas cualidades que ya se aprecian en la muestra que ofrecemos y sobre la que nos gustaría recibir comentarios de quienes la lean, por los que quedaríamos muy agradecidos.

 

EL HUERTO DE LAS MARIPOSAS, capítulo 2:

Carlitos, su amigo Marito

y conversaciones de chavales.

Mi nombre es Carlos, pero mis padres, mi familia y los amigos me llaman Carlitos. He nacido en Baza, una ciudad granadina de un pasado histórico importante, conocida en la antigüedad como Basti, capital de la Bastetania. Mis antepasados eran hispánicos prerromanos, nada menos. Todo eso me lo ha explicado mi maestro don Julián y nos ha dicho que el notario don Ángel Casas Morales ha escrito que Baza es «un altiplano entre dos sierras, asomada como un vigía a los balcones de Levante».

 

Vine al mundo en la Cava-Alta, nº 3, una calle amplia y luminosa, de piso de tierra, alejada del centro comercial de la ciudad. Mi calle comienza en la plaza de las Eras y serpentea en pendiente hasta morir en el barrio de San Juan, donde se bifurca en dos callejuelas que envuelven la Iglesia que da nombre al barrio. A sus espaldas, en las alturas, sobresale la Alcazaba, recinto fortificado, medio derruido y en total abandono, con un par de casas habitadas por prostitutas que ejercen su profesión dentro de un cierto aislamiento.

Ahora tengo doce años, soy delgado, larguirucho, muy sentimental y confiado; mi madre me ha advertido que en la vida llevaré muchos desengaños. Y estoy al corriente que un día mi padre le preguntó al maestro:

- El muchacho, ¿qué tal va?

- Hombre, aplicado es -manifestó el maestro.

Ya sé que no es mucho, pero eso es lo que respondió don Julián y también que tengo bastante memoria y soy bromista. Mi madre, enfadada, un día me dijo que no tenía gracia y que a veces me pasaba de gracioso.

- No eres de esos -prosiguió-, pero ni se te ocurra hacer bromas en un grupo de amigos a costa de uno de ellos; si lo ridiculizas puedes provocar la risa o darte unos minutos de protagonismo, pero harás daño y abrirás heridas que nunca acaban de cerrarse.

Me gusta bromear y a mi madre darme consejos y la virtud que tiene es que me los da sin venir a cuento. Lo de la memoria me viene como anillo al dedo porque todo hay que aprenderlo de corrido. Un día el maestro, en la clase de geografía, me preguntó por el río Miño.

- El Miño nace en Fuentemiña, provincia de Lugo. Pasa por Lugo, Orense y Tuy, desemboca en La Guardia, entre España y Portugal y su principal afluente es el Sil -le respondí de carrerilla.

- Muy bien, puedes sentarte Carlitos -me dijo el maestro.

Quería lucirme ese día, así que agregué:

- Perdón don Julián, todavía no he terminado -y añadí-: «El Sil lleva el agua y el Miño tiene la fama».

- ¿Qué tontería es esa? -me respondió el maestro, perplejo.

- No es ninguna tontería; me lo ha dicho mi padre.

He de aclarar que mi padre es veterinario y con motivo de su profesión viaja mucho y visita algunas ferias de renombre, como Zafra, León, Figueras, Lugo y Curtis, para comprar ganado; muletos que se destinan a la carga y a las tareas del campo. Según mi padre todo se hace a golpes de mulo, porque las labores agrícolas todavía no están mecanizadas; él lo achaca al retraso y a la miseria que ha traído la guerra.

- Mi padre ha ido muchas veces a Lugo, ha visto el Miño y me ha dicho que el Sil es el río que lleva el agua y él no me va a engañar, don Julián -añadí.

No era el Miño: era el Duero, que nacía en los picos de Urbión, provincia de Soria y pasaba por Soria, Aranda, Toro, Tordesilla y Zamora. No era tampoco el Duero: eran los hijos de Jacob, desde Rubén y Zabulón a José y Benjamín, el menor de los hijos y el predilecto. Y los reyes godos y el presente de indicativo del verbo latino sum. Y las poesías: «Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela.». Era, en fin, la forma de enseñar que exigía un enorme esfuerzo, pero a mí me venía bien.

El catecismo nos lo hacen aprender de carretilla:

- Decid niños, ¿cómo os llamáis?

- Pedro, Juan, Antonio, Santiago.

- ¿Sois cristianos?

- Sí, por la gracia de nuestro señor Jesucristo.

- ¿Qué quiere decir Jesús?

- Salvador.

- ¿De qué nos salvó?

- De nuestros pecados y del cautiverio del demonio.

Al pasar por la calle de una escuela es frecuente oír un grupo de colegiales corear:

- España limita al norte con el mar Cantábrico y los montes Pirineos, que la separan de Francia.

Más de mi gusto son las poesías y algunos refranes:

 «Quien pierde el borrico

y encuentra la albarda,

ni todo lo pierde

ni todo lo gana».

Eso me agrada y lo entiendo más que el altiplano entre dos sierras.

O el cantar entrañable de Manuel Machado:

«Mi pena es muy mala,

porque es una pena que yo no quisiera

que se me quitara...».

Alguna vez, cuando estoy triste, me acuerdo de esos versos y no comprendo que el poeta no quisiera que se le fuese la pena; a mí sí y cuanto antes.

Los nacidos en Baza somos bastetanos, aunque mi mejor amigo, Marito, el más listo de la clase, nacido en Almería, me llama «bacín», porque si los de Lorca son «lorquines» y los de Oria «orines» los de Baza teníamos que ser «bacines» a la fuerza.

- ¿O no, Carlitos? -me dice con sorna.

No me enfado, porque esa música ya me suena, incluso he estudiado el tema.

- En primer lugar, los de Lorca no son lorquines, sino «lorquinos» y los de Oria «orialeños» -le respondo.

Marito me tiene un gran aprecio; yo admiro en él su seriedad y su compañerismo y que nunca discute ni se acalora ni habla por hablar. Aquel día me echó el brazo por los hombros y me dijo:

- Vamos a la Alameda, bebemos agua en el cañico, nos damos unas vueltas y de paso vemos a Santiago.

- No seas cazoletero -le respondí, pero me agradó la idea y desde la plaza Mayor nos marchamos por la calle de la Cabeza y la calle de Los Alamillos. En un periquete estábamos en la Alameda.

La Alameda, llamada «Alameda de Cervantes», es el pulmón de la ciudad. Situada en la parte alta, a medio camino entre la plaza Mayor, el centro neurálgico, y la estación de ferrocarril, se compone de un gran paseo central bordeado de árboles centenarios y dos paseos laterales a uno y otro lado. El de la derecha está al mismo nivel y el de la izquierda un poco más bajo. En ambos abundan los árboles y las plantas ornamentales que forman jardines a manera de laberintos. Hay varios estanques y numerosos bancos de tiras de madera pintadas de verde, sobre soportes de hierro colado de color negro. Los franceses la destrozaron al talar parte de su arboleda. Su reconstrucción comenzó a partir de 1812 y se profundizó en ella en el primer tercio de este siglo.

En el verano es el sitio obligado de paseo, de reunión y de cita de los amigos. Al atardecer acuden los jóvenes mayores que yo y acostumbran a formar dos filas de chicos y chicas por separado. A veces se ve, en un grupo, tres o cuatro chicas y un chico en el extremo, señal de que «pretende» a una de ellas, la que se pone adrede a su lado, si también le gusta el chico, claro. Ver una pareja aislada era señal inequívoca de que no solo eran novios, sino que habían formalizado su relación ante los padres de la novia.

El cañico de la Alameda es uno de los hitos emblemáticos de la ciudad, a pesar de su sencillez y pequeño tamaño. Situado a la entrada del paseo central, su configuración es muy simple: una columna de piedra granítica que sostiene el cuenco del mismo material, de cuyo centro sale un tubo corto de metal del que mana un chorro de agua clara y fresca, procedente directamente de la sierra, del lugar conocido como «Las siete Fuentes».

Ir a beber agua al cañico es una expresión muy usada, e implica ir a pasear, a dar una vuelta por la Alameda. Las personas mayores también frecuentan la Alameda y, sentadas en los bancos, charlan y se distraen, incluso cuidan de los críos, que con sus gritos, sus juegos y sus risas, lo impregnan todo, compitiendo con los gorriones que al atardecer se agolpan a centenares en cada árbol, de rama en rama y atronan el ambiente con sus gorjeos.

Santiago, al que queríamos ver aquella tarde veraniega, es un estudiante de tercero de farmacia, buena persona, estudioso y con un grado de miopía preocupante para su edad. Él mismo había manifestado que tenía catorce dioptrías en cada ojo, lo que le obligaba a llevar gafas con unos cristales que eran auténticos culos de vaso. Su novia, Andrea, es muy linda, alta, pelo castaño y nariz respingona, nacida en Cuba, adonde sus padres, apodados «los indianos», habían marchado para «hacer las Américas». Aunque regresaron cuando la niña tenía diez años, le quedó, de su niñez, el habla con un singular gracejo que tanto le agradaba al bueno de Santiago.

Santiago y Andrea acostumbran sentarse siempre en el mismo banco de la Alameda, un poco aislado del mundanal ruido, justo en el paseo lateral más bajo, al lado de un estanque con pececillos de colores. Desde el paseo central se les puede ver cogidos de la mano, haciéndose carantoñas y caricias furtivas. Cuando oscurece la cosa cambia y la demostración amorosa, los suaves roces inocentes y placenteros, pasan a ser apretones y apretujones sin mesura.

Mi amigo Marito y yo miramos de reojo, incluso acortamos el paseo en sus extremos, de manera que ni llegamos al final ni, cuando damos la vuelta, completamos el recorrido. Se puede decir que achicamos el ámbito espacial de la caminata para pasar más veces por la posición en que la pareja es visible o mejor reconocida.

Corre una frase tan singular que ha alcanzado fortuna entre los jóvenes del pueblo y seguro que perdurará en el tiempo, aplicándose a otras parejas y a otras situaciones: «Santiago no ve, pero tienta».

- ¿Cuánto crees que le caerá de penitencia a Santiago cuando se confiese? -le pregunté a mi amigo.

- Creo que bastante; como mínimo varios rosarios. Piensa que estamos ante «sobos» y «tocamientos», que son pecados relacionados con la carne, y en ese tema la Iglesia es muy estricta -me respondió Marito -. Mira: en la última confesión me acusé de decir «muslo» y el cura me echó de penitencia dos avemarías.

-Perdona -le contesté-, considero que decir muslo no es pecado.

- Es posible, pero la reflexión que me hizo el cura fue que se empieza por decir palabras malsonantes y se acaba con la relajación de las costumbres.

- Entonces, Marito, si se te ocurre decir «teta» o «pezón» te clava los cinco misterios del rosario.

- ¿Qué maldades le has contado al cura? -me preguntó Marito.

- «Hay cosas que un hombre jamás se confiesa» -le respondí sentencioso, para añadir-: La frase es de un personaje de la novela «Don Segundo Sombra», del escritor argentino Ricardo Güiraldes. Me la trajo mi padre en su último viaje y trata de la vida de dos gauchos, uno joven y otro viejo. La frase ya la he hecho mía, un día se la dije a mi padre por una pregunta indiscreta que me hizo y menos mal que tuve reflejos y retiré la cara antes.

- Has cambiado de conversación, con el gaucho viejo y el gaucho joven y la dichosa frase. Te preguntaba lo que le cuentas al cura en tus confesiones.

- Mi respuesta ya la he dado. Por cierto que la última vez confesaba, delante de mí, Jesusín «El Listo».

- ¿Oíste lo que le decía al cura?

- No. Pero oí al padre Demetrio, aunque hablaba bajo, como tiene ese vozarrón. ¿Tú has leído la poesía de Pemán titulada «Las dudas del lego»? Pues el padre Zenón de la poesía, que atronaba el convento con su recia voz, ese es el padre Demetrio de Baza.

- Pero ¿qué le decía a Jesusín?

- Le decía: «¡Resiste hijo! ¡Resiste hijo!», por lo cual deduje que tenía graves tentaciones.

- ¿Y cómo lo colegiste? -me preguntó Marito.

- ¿Qué es eso de «colegiste» de que hablas?

- Significa deducir, lo leí el otro día por casualidad en el Espasa de papá y estaba loco por soltarlo, pendiente siempre de que alguien dedujera algo. Bueno, el Espasa ya lo tenía el abuelo y papá lo heredó.

- A lo mejor era ya del abuelo de tu abuelo. Podemos inventar una frase: «¡Eres más viejo que el Espasa!».

- Ya está inventada esa frase -dijo Marito-: «¡Eres más viejo que los balcones de palo!».

- Joder, Marito, está todo inventado.

- Y tú, Carlitos, ¿tienes tentaciones? Te hablo como un hermano. ¿Cuándo haces eso de las tentaciones, no te entra como un remordimiento, como una tristeza grande? Dime la verdad -me preguntó Marito.

- Sí -le contesté-. Y además se me agarra como un nudo en el estómago. ¡Claro, el cura me habla del infierno y de la caldera de Pedro Botero y del sufrimiento de la Virgen y el de mi propia madre! El otro día me dijo el cura que no tenía propósito de enmienda y que me iba a quedar tísico. Salí chafado.

- Peor fue lo de Paquito, que estaba en el cuarto de baño masturbándose y se dejó la puerta sin cerrar por dentro. El padre entró y lo pilló.

- ¿Y qué sucedió? -le pregunté, intrigado.

- El padre le dijo: «¿Qué haces Paquirri?». «Pooos..., yaaa veees.», le contestó en un balbuceo. Y siguió, porque ya no podía parar.

- Marito, te hablo en serio, en lo sucesivo las tentaciones no las resistiré, caeré en ellas. Siempre un doble sufrimiento: mientras las resistes, porque las resistes y cuando al final caes, porque caes, sin contar las personas que ofendes por haber caído. Un día un cura me dijo: «¡Te falta virilidad espiritual!». «Pues muy bien», pensé para mis adentros, «me falta virilidad espiritual». Se acabó, lo acepto, mientras no me falte de la otra ya estoy conforme, ya firmo.

- Eres un pobre niño con tus debilidades -me respondió Marito, burlón-. Vamos al paseo de abajo, que está oscureciendo y Santiago va a empezar su batallita particular.

No fuimos a ver a Santiago y su novia ese día. Los teníamos muy vistos, así que bebimos agua en el cañico y nos pusimos a pasear tranquilos.

- ¿Has pensado en la redacción de fin de curso? -me preguntó Marito, mientras caminábamos.

- Sí. He averiguado lo que elegirán los compañeros, para no coincidir. Todos los temas giran alrededor de los monumentos históricos de Baza: La Colegiata o Iglesia Mayor que nace de la transformación de la antigua mezquita en la época de los Reyes Católicos; la Iglesia y Convento de la Merced; el Hospital de Santiago; el edificio del Ayuntamiento; la Alcazaba; los Baños árabes de la judería y así por el estilo. Lo curioso es que todos van a parar a la misma fuente: a don Luis Magaña, que va de culo, hasta el punto de que atiende a todos, pero da horas como los médicos.

- Es normal. Al ser el cronista de la ciudad, nadie como él para suministrar información. Pero no has contestado a mi pregunta -me insistió.

- Me gustaría hacer un relato sobre los campamentos que montaron los Reyes Católicos para la conquista de Baza, y relacionarlos con los campesinos que ahora viven y cultivan esas tierras. Un campamento estaba situado en el Cerro de La Bombarda, y en la Cruz de los Caídos hay cuatro piezas de artillería. He leído que al estar enterradas escaparon a la rapiña de los franceses.

- A mí me agradaría hablar del Palacio de los Enríquez, situado en la Carrera de Palacio, aunque ahora está dedicado a almacén y en pésimas condiciones. He sabido que fue construido por don Enrique Enríquez y doña María de Luna y en él residió San Francisco de Borja y descansó don Juan de Austria; vale la pena destacar esto. Espero que mi padre me ayude y...

- Y a mí el mío -le interrumpí-. Creo que me ayudará en la descripción actual de los terrenos, cultivos, ganados, y la propia gente de los lugares donde estuvieron emplazados los campamentos.

- ¿Sabías Carlitos que San Francisco de Borja estuvo casado y tuvo ocho hijos?

- O sea que «estaba en misa y repicaba» -dije inocente.

- No es correcta esa frase aplicada a este caso -me respondió con su inteligencia-, porque la frase se refiere a querer hacer dos cosas a la vez que son imposibles de hacer.

- Bueno, quiero decir que lo probó todo.

- Lo cierto es que el cariño y la paciencia que tuvo para criar sus ocho hijos le sirvió luego para alcanzar la santidad: de una cosa buena se puede lograr otra mejor. Ese va a ser mi argumento; no quiero que con tus gracietas me chafes un buen tema. ¿Sabías que fue él quien, cuando se murió la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, dijo la frase célebre: «No serviré más a señor que se me pueda morir».

- ¿En qué año ocurrió esa historia? -le pregunté maravillado.

- Alrededor del año 1546.

- Entonces fue en el siglo dieciséis -le contesté.

- ¿Cómo sabes tan seguro que fue el siglo dieciséis?

- Porque me lo ha enseñado mi padre. Tomas las dos primeras cifras de la cantidad que sea y le sumas una unidad. Así en 1546, separas las dos primeras cifras: quince, le añades uno y te da dieciséis.

- ¡Joder, Carlitos! Tu padre solamente te enseña trucos.

- ¿Sabes qué te digo, Marito?: que hagas esa redacción; te llevarás el primer premio seguro. Cuando sea mayor tendré una biblioteca grande, porque como dice mi padre, y perdona, «con buenas herramientas todos somos maestros».

Estábamos cansados, así que buscamos un banco; ya quedaban pocos libres. Junto a nosotros estaban sentados tres viejitos del Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Los dejaban salir un rato por las tardes y ellos se venían a la Alameda donde se entretenían viendo a la gente pasear y recordando tiempos pasados; el Asilo estaba muy cerca. Uno de ellos sacó su petaca y su librillo de papel de fumar, marca «Bambú». Se disponía a liar un cigarrillo. Curvó, paciente, la hoja de papel, que mantenía entre los dedos de unas manos temblorosas, y vertió tabaco en ella; remetió sus bordes para que no se derramara e hizo el primer intento, inútil, de envolverlo; demasiado tabaco, al anciano se le había ido la mano con la petaca. Volvió sobre sus pasos, tenía todo el tiempo del mundo, retiró un poco de tabaco y el que le quedó en el papel lo aplanó con los dedos índices, lo intentó de nuevo y logró la envoltura casi perfecta; con la punta de la lengua mojó el extremo del papel y el cigarro le salió aceptable. Se lo puso entre la comisura de los labios y para encenderlo sacó su chisquero de piedra y mecha, empujó ésta para que asomase a través del tubito dorado y golpeó dos veces la ruedecilla. La mecha prendió, la sopló y la acercó al cigarrillo dándole a éste dos caladitas suaves, para que el tabaco ardiera uniforme, y cuando estuvo encendido por parejo le dio la gran calada que le llegó al alma. Inclinó un poco la cabeza hacia arriba y exhaló el humo sin prisa mirando, con sus ojillos adormilados de años, cómo las volutas de humo se perdían en la tarde. Luego se dirigió a sus compañeros y sentenció:

- El tabaco es el mejor invento del mundo.

- El tabaco, el vino y las mujeres -le respondió el anciano sentado en el centro.

- Eso -asintieron los otros dos-. El tabaco, el vino y las mujeres.

Y dicho esto se levantaron y los vimos alejarse renqueantes, apoyándose en sus bastones, con andar cansino.

- Las mujeres no son ningún invento. El mejor invento ha sido la rueda -me dijo Marito.

- Yo estoy de acuerdo con los abuelos. ¿De qué nos sirve la rueda sin ellas?

Marito ni me contestó, no estaba para puñetas. Ni siquiera cuando le dije, para provocarle, que mi padre me había dicho que el vino era «la teta del viejo».

- ¿Qué vamos a hacer este verano? -me preguntó.

- Yo lo tengo claro: bañarme en las balsas y estudiar «Educación Política». Me gustaría pasar el curso limpio, lo que ocurre es que no sé dónde están escritas esas cosas de exaltación del espíritu nacional. Vaya debacle del curso, solamente uno aprobó la Educación Política.

- A don Julián le avisaron la tarde anterior que teníamos que examinarnos de una asignatura nueva, apenas le dio tiempo a decirnos que Franco era nuestro Caudillo salvador y que José Antonio fundó la Falange, pero que explicáramos que no era un partido político, sino un movimiento nacional; eso fue todo lo que nos enseñó.

- ¿Cómo aprobó José Luis? -me preguntó Marito-. Dicen que fue espectacular; no pude verlo pues estaba en clase de religión.

- Si, fue impresionante -le respondí-. Resulta que cuando le llamó el profesor para el examen, atravesó toda la sala marcando el paso y al pararse frente a él levantó el brazo y dijo: «¡Se presenta el camarada José Luis Pérez Manzanote, de la Centuria Ramón Almela de Baza!». Y comenzó a dar vivas a diestra y siniestra. «Hombre, camarada, encantado de saludarte», le dijo el profesor. Estuvieron un rato charlando y le dio apto, que era la única nota que se podía dar, seguro que le hubiera dado sobresaliente, fue muy original.

- ¿Después fuiste tú? ¿Qué sucedió? -me preguntó Marito.

- Cuando me llamó empecé a marcar el paso justo desde el mismo sitio del que había salido José Luis. Al llegar a la altura del profesor levanté el brazo y dije exactamente las mismas palabras, pero me echó sin contemplaciones. Levanté el brazo izquierdo, en lugar del derecho; como soy zurdo no me di cuenta.

- ¿Por qué hiciste esa chorrada?

- Porque mi padre me ha dicho que «donde fueres haz lo que vieres» y como a José Luis le había salido bien, pues probé yo también.

- Joder, Carlitos, deja a tu padre tranquilo y empieza a pensar por ti mismo -me dijo Marito cabreado.

- La verdad es que ni Miriam, la hija de don Julián, aprobó. Y eso que le tocó José Antonio y sabía más de él que de su propio padre, pero se lío a contar chafarderías; incluso le explicó, con pelos y señales, de una novia que tuvo cuando era joven. El profesor se enfadó y le dijo que José Antonio había consagrado su vida a los altos ideales de España y no andaba con amoríos; pero lo gordo es que Miriam, después de tanto platicar, no dijo que José Antonio había fundado la falange. El padre casi la mata. Yo me acerqué con disimulo a echarle un capote y el padre se largó. «Gracias, Carlitos», me dijo Miriam, «me has salvado de buena; te debo una».

- Es como hacer una tortilla y olvidarte de los huevos -sentenció Marito.

- Peor todavía -le respondí.

- ¿Qué te dijo tu padre a ti cuando vio las notas? -me preguntó Marito.

- El día que le enseñé las notas se me quedó mirando, sin decirme nada. Yo fui el que le dije que, por lo visto, era poco patriota.

- ¿Qué te contestó?

- Lo de siempre. Conque fuera «buena gente» se conformaba.

- Es tarde y hoy mi padre viene a casa más temprano y quiero estar cuando llegue. Mañana nos vemos; pasaré por tu casa para que me enseñes esa pluma que te han regalado -dijo Marito, levantándose.

- Tiene el cargador de palanca y el plumín es de punta fina; te gustará -le dije entusiasmado.

Nos dirigimos hacia la plaza de Las Eras y allí nos despedimos.

- Hasta mañana, Marito.

- Hasta mañana, Carlitos.